viernes, 1 de agosto de 2014

Papá

El amor de una hija al padre es incondicional. Se ríen de chistes que a nadie más le causo gracia. Miran películas que no entienden, pero lo hacen, por que a su papá les gusta. Su superheroé favorito no es ni Superman, ni el Hombre Araña, ni el más lindo del programa que miran. Su superheroé favorito pese a todo es su papá. Le preguntan que hacen en el trabajo, por que aunque no sepan de lo que hablan, aman que sus papá les hable. 
El amor de una hija al padre es incondicional, sí. Pero el vacio que te deja el no tenerlo, es enormemente peor. No hay nada igual, ni parecido. 
Después de un tiempo, llegué a la conclusión de que los dolores así, tan profundos, tan absolutos, nunca se curan. Duran para siempre. O por lo menos no del todo. Nunca vas a poder sonreír sin pensar que algo te falta. Nunca vas a poder recordar con total libertad. 
También, a lo largo de mi vida, me dí cuenta, que prefiero arrancarme el corazón antes de ver a un padre mirar a su hija. Nunca experimente algo parecido. Puede ser un hombre duro, que no demuestra sus sentimientos. Pero en esa mirada se ven todos juntos. Y ahí, vuelve el fantasma, que me dice una y otra vez, que nunca, va a existir una sola persona que me mire así. Con ese amor, con esa entrega. 
Ese amor es algo incondicional, es algo que no se vive otra vez. Por eso se que me perdí momentos que nunca voy a tener. 
¿Lo peor? que yo no lo elegí. Que el vacio tan grande que tengo, no es mio. Es ajeno. Pero duele como propio. Y no puedo ni empezar a expresar cómo...

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