jueves, 18 de septiembre de 2014

Imagina que el movimiento rotacional de la tierra se sincroniza con tus pasos de tal forma que el tiempo pareciera detenerse. Todo se vuelve una serie de fotografías bajo una secuencia de cámara lenta que te hace perder la razón sobre las cosas que la lógica te dicta en el fluir de los minutos, de los segundos, de la vida. Todo se abstrae de la realidad, guardando un quantum de tiempo congelado donde te percatas de los niños que saltan en un lado, las parejas que aprovechan el momento y sellan la realidad con un beso a la más vieja usanza de las películas románticas; ves también una serie de luces que como hormigas viajan en cadena por un mismo camino salpicando a su alrededor—despreocupadas de quienes fuesen sus empapadas víctimas— siguen y siguen su camino dictaminado por almas de colores.
De repente te percatas que todo esto es un olor, nace a cuestas de ello y en su fragancia reposa todo el misterio de ese curioso instante de breve eternidad. Todo esto a partir del simple olor de asfalto mojado por la lluvia. A eso huele, sí, a eso huele la lluvia.

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