jueves, 16 de octubre de 2014

Creo en el amor. En todas sus dimensiones, expresiones, formas y versos.
Creo en la fidelidad. Esa que nace de lo más profundo del alma, no la impuesta por un título.
Creo en el compañerismo. En estar con alguien en las buenas y las malas, apoyándonos mutuamente, compartiendo los momentos, ayudándonos a crecer.
Creo en la amistad. En la confidencia, el secreto, la protección y la complicidad.
Creo en lo sobre-natural. En la belleza de una flor, en la majestuosidad de una montaña, en la magia de una abeja volando por los aires, en la ilusión de una mariposa posada en el dedo de un niño.
Creo en la familia. En la abuela que te demuestra su cariño con comida, el padre que te llama a horas insospechadas sólo para saber cómo estás, en la madre que aprende a usar tecnologías nuevas para mantener contacto con sus hijos en otras ciudades.
Creo en el arte. En la comprensión que encontramos en letras de artistas que trascienden un cuerpo humano, en la sublime sensación de admirar un cuadro e interpretarlo, en las melodías que erizan tu cuerpo y te dan energía.
Creo en las casualidades. En la nube juguetona que te sigue camino a casa mientras con sus gotas de lluvia limpia tu ser, en encontrarte con una cara amable dentro de un mundo hostil, en la idea que surge liviana y crece para llenarte de alegría.
Creo en la entrega. En compadecerte de otro y darle algo que sabes que necesita más que tú, en intentar ayudar a los demás en su camino por ser felices, en aceptar la derrota y dejar que el victorioso celebre en paz, en ser humilde y respetuoso.
Creo en el amor, sí. Ese sentimiento cósmico que está presente en todo y en todos. En cada palabra, gesto y acción.

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